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ALCMEON 5

El nacimiento de la epistemología:
cuatro momentos fundamentales

Dr. Juan José Ipar


Summary
The Epystemology was born in a special moment of the occidental science history, at the begining of the 20 th century and as effect of the positive science crisis.
The positive science is at it time, corollry of the scientific revolution that has begun at the 16 th and 17 th century.
The author see four essential moments. In the first one (Descartes) science is based methaphysical. In the second one (Kant) both science methaphysical are separate and independent. In the thierd (Comte) science is exalted and methaphysical is dismiss. And the fourth one a crisis comes out and makes that positive science need revision of it principles giving origine to epystemology reflection.

Key word: Epystemology

ALCMEON 1:59 - 65, 1992

Es bien concocido el hecho de que la Epistemología aparece como disciplina filosófica a principios del siglo XX, básicamente entre los integrantes del círculo de Viena y que, incluso, ha amenazado con convertirse en la única actividad filosófica con sentido y utilidad, echando en el olvido, como quería Comte, toda pretensión metafísica de ir más allá de los fenómenos (hechos) y de las ciencias que de ellos se ocupan.
Sin embargo, este estado actual de cosas, a saber, la necesidad de la ciencia contemporánea de revisarse a sí misma, reconoce un origen que coincide con el nacimiento de la ciencia moderna-especialmente la Física-que se remonta a los siglos XVI y XVII. Trazaremos un breve esquema en el que intentaremos mostrar cuatro puntos de inflexión que marcan hitos en la historia de la ciencia occidental. Como todo esquema, falsea los hechos al presentar una versión resumida y simplificada de ellos, aún cuando al menos permite una visión sinóptica y escolar de los mismos.
Es a Descartes, filósofo y científico a un tiempo, a quien corresponde el honor de inaugurar filosóficamente la Modernidad. Descartes busca una verdad, una evidencia que resista toda duda posible y que le permita construir sobre ella el edificio de la ciencia. Tal cimiento firme lo encuentra en la certeza en la propia existencia. Forzando la duda hasta la hipérbole, puedo dudar de la realidad del mundo físico y aún de la verdad de las matemáticas. Pero no puedo dudar de mi propia existencia en tanto estoy pensando y dudando. "Cogito ergo sum", pienso, por tanto existo, he allí un conocimiento indubitable. Pero la duda ha arrasado con todo, sólo ha resistido esta certeza en mi propia existencia. ¡Cómo hago para ir más allá de mi mismo y conocer la Naturaleza o a mis semejantes? Es cierto que tengo representaciones del mundo físico, pero la duda ha hecho que vacile en cuanto a su veracidad. Dios aparece como Aquel capaz de garantizar la veracidad de mis representaciones del mundo sensible. Dios es el garante de que mis representaciones de las cosas y las cosas mismas son congruentes y concuerdan entre sí. De allí que mi conocimiento, tanto vulgar cuanto científico, de la realidad se remite a la veracidad divina. Se ve claramente cómo la nueva ciencia física encuentra en un objeto metafísico (y religioso) su fundamento (Gnund). Un poco antes que Descartes, Galileo imaginaba descifrar pensamientos de Dios al establecer una ley física. Para él, la ciencia no hace más que reproducir el plan divino para la Creación. A fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, Leibniz aún buscaba un fundamento metafísico para la ciencia newtoniana, que amenazaba ya desligarse de las cuestiones ontológicas bajo la influencia del empirismo. Las mónadas y la armonía preestablecida por Dios entre ellas es lo que subyace a este fenómeno "bien fundado" que describe Newton. La pregunta por qué hay detrás de los fenómenos (o representaciones, aquí casi sinónimos) es lo que urge responder e invariablemente Dios ocupa un lugar preeminente en todos estos sistemas filosóficos que se construyen a lo largo de los siglos XVII y XVIII (cfr. Malebranche, Spinoza, etc.).

El segundo momento se da con Kant, quien opera la separación entre Metafísica y ciencia de la Naturaleza. Para Kant, la Metafísica todavía no ha logrado constituirse en ciencia, mientras que la ciencia de la Naturaleza ha progresado notablemente. Es capital la distinción que hace entre pensar y conocer: puedo pensar en los objetos metafísicos (Dios, el alma, el mundo, etc.) pero no puedo conocerlos pues, dada su infinitud o inmaterialidad, carezco de datos sensibles de ellos.
Conocer en sentido fuerte, en cambio, es conocer la naturaleza. Kant, no obstante, reserva a la Metafísica un lugar: por el hecho (factum) de que existe la moral y reputo a unas acciones como buenas y a otras como malas, me conozco como un ser libre y capaz de elección y no como un mero ser natural sometido a la causalidad mecánica. La moralidad nos indica que hay algo más allá de la Naturaleza y permite un cierto acceso a los objetos metafísicos. Pero no obtendremos de ellos un conocimiento científico sino una fe racional en la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, etc.. Así pues, convenientemente expurgada y sometida a crítica, la Metafísica se sostiene como una
ciencia separada e independiente de la triunfante Ciencia de la Naturaleza.
El tercer momento se cumple con Augusto Comte. La explicación de la realidad apelando a entidades metafísicas pertenece a un pasado ya superado. La humanidad ha ingresado definitivamente en una etapa positiva en la que únicamente hay lugar para la ciencia y sus cultores.
Es necesario y urgente renunciar a toda suerte de metafísica pues la experiencia es ahora el criterio único de verdad (herencia del empirismo). La ciencia se ocupará exclusivamente de hechos positivos, tal como éstos se dan en la observación y el experimento, refrenando la arbitrariedad de la fantasía que tiende siempre a elucubrar interpretaciones metaempíricas de la realidad. La filosofía queda reducida a compiladora de las ciencias particulares, ayudando a fijar sus relaciones e interdependencia. Así como en el Medioevo la filosofía era cencilla theologiae (sirvienta de la teología), ahora io es de la ciencia y su misión es reconstruir en su nombre la unidad espiritual que la Teología había logrado otrora.
La sociedad humana, por otra parte, integra la realidad natural y es menester encontrar en la maraña de hechos sociales las leyes que los presiden. Nacen las ciencias sociales, verdaderas continuadoras de investigaciones en campos que hasta entonces habían pertenecido a la filosofía.

El otro gran cambio que introduce Comte es la renuncia por parte del científico a conocer las causas de los hechos pues ello conduce invariablemente a postular fuerzas misteriosas operantes en los seres naturales. La ciencia sólo se ocupará de establecer relaciones entre los hechos: ir más allá es tarea para poetas, no para científicos y filósofos serios. Ya no se va en pos de lo absoluto sino de lo relativo (aquí está el germen de la teoría de la relatividad de Einstein). Un científico positivista no se preocupa en discernir qué es la electricidad: dirá simplemente que "electricidad" es el nombre que se da a algo que se supone está a la base de los fenómenos eléctricos, los cuales sí están bajo nuestra observación.
Ya no vale más la divisa aristotélica según la cual conocer algo es conocer su causa, esto es, aquello sobre lo que reposa el hecho, su fundamento. Y tampoco vale más la pregunta inaugural de Sócrates .qué es...? El científico sólo "pone nombres" y no le preocupan, como a Aristóteles, las definiciones, sino cómo funcionan los hechos.
Así las cosas, Comte y su generación sueñan con haber llegado a una etapa definitiva en el conocimiento. El programa positivista ha delimitado con celo el campo de la sana ciencia impidiendo todo tipo de indebidas derivaciones hacia estériles especulaciones filosófico-metafísicas. Y es desde el seno de la propia ciencia de dónde empiezan a surgir graves problemas, con lo cual pasamos al cuarto momento: el de la crisis de la ciencia positiva.

Hacia 1895, se descubren los rayos X y la estructura del átomo y con el correr de los años van "apareciendo" un enjambre de nuevas partículas subatómicas sin masa evidente. Ya no se sabe qué es la materia con certeza. Se van sucediendo diversos esquemas y teorías para intentar explicar lo que ocurre en los experimentos. La física ya no es ni clara ni objetiva y sólo aporta desazón a los espíritus partidarios de la luz y del buen sentido. Francis Bacon había acuñado el lema según el cual "conocer es poder": si se quiere dominar la naturaleza, es preciso antes conocerla. Esta relación parece hoy alterada e invertida puesto que podemos hacer cosas sin que sepamos a ciencia cierta cuál es el fundamento o principio del que se han derivado. Incluso aparecen teorías contradictorias que piden ser admitidas simultáneamente como científicas, aunque no podamos decidir cuál de ellas es verdadera, si ambas lo son o quién sabe qué cosa. Un ejemplo conocido: la dirección de la luz nos demuestra su naturaleza ondulatoria y esto es un hecho, como pretende la ciencia, esto es, procede de un experimento repetible y predictible. Pero el fenómeno fotoeléctrico, otro hecho, prueba su naturaleza corpuscular. Sólo nos queda imaginar que en algún momento futuro de la ciencia verá la luz- valga la ironía una teoria que englobe ambos hechos y haga desaparecer la contradicción. ¿Quién garantizará que tal estado de la ciencia sea posible, para comenzar, y asequible al hombre, para terminar? Nadie, claro. El lugar que Descartes asignaba a Dios ha quedado vacío desde que Nietzsche ha anunciado su muerte. Sólo queda un supuesto-un mero supuesto-inextirpable que todo científico se ve forzado a aceptar, a saber, el hecho (histórico) de que la ciencia occidental progresa hacia un hipotético estado final de conocimiento completo.

La naturaleza a la vez corpuscular y ondulatoria de fotones y electrones, la presencia simultánea de una partícula aquí y en otro sitio, las mutaciones quizá azarosas de los genes, etc., son hechos que producen en los científicos la impresión de que la misma lógica ha zozobrado, cosa que se corresponde con la aparición de lógicas polivalentes y geometrías no euclidianas que se sostienen sin contradicción. En suma, la razón misma parece haber enloquecido y avanzar a un ritmo frenético que hace que la mayoría de los hombres, aún los cultos, queden marginados de la ciencia como expectadores boquiabiertos de sus colosales adelantos. Esta locura de la razón científca, comparable en algún sentido a la locura de la razón metafísica de los siglos XVII y XVIII, tiene una consecuencia importante: el retorno a la filosofía. ¿Qué es del hombre en medio de tanta tecnología deshumanizada? ¿Cuál es la ética que debe regir a la ciencia? La ciencia ha ocupado toda la escena en nombre de la sana racionalidad pero no ha logrado responder todavía las preguntas fundamentales. Fue una ilusión más y hay que admitir que el progreso económico que la ciencia posibilitó trajo como consecuencia marginación, pobreza y explotación irrestricta de la naturaleza. Pululan las sectas espiritualistas que medran a la sombra de la angustia e incertidumbre que los hombres sienten frente a su condición y destino; el mundo de la ciencia es el mismo mundo en que prolifera la irracionalidad.
Crisis de principios (Grundiagenkrise) dirá Ortega y Gasset. Vuelven los filósofos y aparece la Epistemología: la ciencia necesita ser pensada de nuevo una vez más.

Resumen
La Epistemología nace en un momento especial de la historia de la ciencia occidental, a comienzos del siglo XX y como efecto de la crisis de la ciencia positiva.
La ciencia positiva es, a su turno, corolario de la revolución científica iniciada en los siglos XVI y XVII. El autor remarca cuatro momentos fundamentales. En el 1º (Descartes) la ciencia es fundamentada por la metafísica. En el 2º (Kant) ambas aparecen separadas e independientes. En el 3º (Comte) es entronizada la ciencia y se descarta la metafísica. Y en el 4º, se produce la crisis que lleva a la ciencia positiva a verse necesitada de revisión y replanteo de principios, dando nacimiento a la reflexión epistemológica.

Palabras clave: Epistemología.
Summary
The Epystemology was born in a special moment of the occidental science history, at the begining of the 20 th century and as effect of the positive science crisis.
The positive science is at it time, corollry of the scientific revolution that has begun at the 16 th and 17 th century.
The author see four essential moments. In the first one (Descartes) science is based methaphysical. In the second one (Kant) both science methaphysical are separate and independent. In the thierd (Comte) science is exalted and methaphysical is dismiss. And the fourth one a crisis comes out and makes that positive science need revision of it principles giving origine to epystemology reflection.

Key word: Epystemology

ALCMEON 1:59 - 65, 1992

Es bien concocido el hecho de que la Epistemología aparece como disciplina filosófica a principios del siglo XX, básicamente entre los integrantes del círculo de Viena y que, incluso, ha amenazado con convertirse en la única actividad filosófica con sentido y utilidad, echando en el olvido, como quería Comte, toda pretensión metafísica de ir más allá de los fenómenos (hechos) y de las ciencias que de ellos se ocupan.
Sin embargo, este estado actual de cosas, a saber, la necesidad de la ciencia contemporánea de revisarse a sí misma, reconoce un origen que coincide con el nacimiento de la ciencia moderna-especialmente la Física-que se remonta a los siglos XVI y XVII. Trazaremos un breve esquema en el que intentaremos mostrar cuatro puntos de inflexión que marcan hitos en la historia de la ciencia occidental. Como todo esquema, falsea los hechos al presentar una versión resumida y simplificada de ellos, aún cuando al menos permite una visión sinóptica y escolar de los mismos.
Es a Descartes, filósofo y científico a un tiempo, a quien corresponde el honor de inaugurar filosóficamente la Modernidad. Descartes busca una verdad, una evidencia que resista toda duda posible y que le permita construir sobre ella el edificio de la ciencia. Tal cimiento firme lo encuentra en la certeza en la propia existencia. Forzando la duda hasta la hipérbole, puedo dudar de la realidad del mundo físico y aún de la verdad de las matemáticas. Pero no puedo dudar de mi propia existencia en tanto estoy pensando y dudando. "Cogito ergo sum", pienso, por tanto existo, he allí un conocimiento indubitable. Pero la duda ha arrasado con todo, sólo ha resistido esta certeza en mi propia existencia. ¡Cómo hago para ir más allá de mi mismo y conocer la Naturaleza o a mis semejantes? Es cierto que tengo representaciones del mundo físico, pero la duda ha hecho que vacile en cuanto a su veracidad. Dios aparece como Aquel capaz de garantizar la veracidad de mis representaciones del mundo sensible. Dios es el garante de que mis representaciones de las cosas y las cosas mismas son congruentes y concuerdan entre sí. De allí que mi conocimiento, tanto vulgar cuanto científico, de la realidad se remite a la veracidad divina. Se ve claramente cómo la nueva ciencia física encuentra en un objeto metafísico (y religioso) su fundamento (Gnund). Un poco antes que Descartes, Galileo imaginaba descifrar pensamientos de Dios al establecer una ley física. Para él, la ciencia no hace más que reproducir el plan divino para la Creación. A fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, Leibniz aún buscaba un fundamento metafísico para la ciencia newtoniana, que amenazaba ya desligarse de las cuestiones ontológicas bajo la influencia del empirismo. Las mónadas y la armonía preestablecida por Dios entre ellas es lo que subyace a este fenómeno "bien fundado" que describe Newton. La pregunta por qué hay detrás de los fenómenos (o representaciones, aquí casi sinónimos) es lo que urge responder e invariablemente Dios ocupa un lugar preeminente en todos estos sistemas filosóficos que se construyen a lo largo de los siglos XVII y XVIII (cfr. Malebranche, Spinoza, etc.).

El segundo momento se da con Kant, quien opera la separación entre Metafísica y ciencia de la Naturaleza. Para Kant, la Metafísica todavía no ha logrado constituirse en ciencia, mientras que la ciencia de la Naturaleza ha progresado notablemente. Es capital la distinción que hace entre pensar y conocer: puedo pensar en los objetos metafísicos (Dios, el alma, el mundo, etc.) pero no puedo conocerlos pues, dada su infinitud o inmaterialidad, carezco de datos sensibles de ellos.
Conocer en sentido fuerte, en cambio, es conocer la naturaleza. Kant, no obstante, reserva a la Metafísica un lugar: por el hecho (factum) de que existe la moral y reputo a unas acciones como buenas y a otras como malas, me conozco como un ser libre y capaz de elección y no como un mero ser natural sometido a la causalidad mecánica. La moralidad nos indica que hay algo más allá de la Naturaleza y permite un cierto acceso a los objetos metafísicos. Pero no obtendremos de ellos un conocimiento científico sino una fe racional en la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, etc.. Así pues, convenientemente expurgada y sometida a crítica, la Metafísica se sostiene como una
ciencia separada e independiente de la triunfante Ciencia de la Naturaleza.
El tercer momento se cumple con Augusto Comte. La explicación de la realidad apelando a entidades metafísicas pertenece a un pasado ya superado. La humanidad ha ingresado definitivamente en una etapa positiva en la que únicamente hay lugar para la ciencia y sus cultores.
Es necesario y urgente renunciar a toda suerte de metafísica pues la experiencia es ahora el criterio único de verdad (herencia del empirismo). La ciencia se ocupará exclusivamente de hechos positivos, tal como éstos se dan en la observación y el experimento, refrenando la arbitrariedad de la fantasía que tiende siempre a elucubrar interpretaciones metaempíricas de la realidad. La filosofía queda reducida a compiladora de las ciencias particulares, ayudando a fijar sus relaciones e interdependencia. Así como en el Medioevo la filosofía era cencilla theologiae (sirvienta de la teología), ahora io es de la ciencia y su misión es reconstruir en su nombre la unidad espiritual que la Teología había logrado otrora.
La sociedad humana, por otra parte, integra la realidad natural y es menester encontrar en la maraña de hechos sociales las leyes que los presiden. Nacen las ciencias sociales, verdaderas continuadoras de investigaciones en campos que hasta entonces habían pertenecido a la filosofía.

El otro gran cambio que introduce Comte es la renuncia por parte del científico a conocer las causas de los hechos pues ello conduce invariablemente a postular fuerzas misteriosas operantes en los seres naturales. La ciencia sólo se ocupará de establecer relaciones entre los hechos: ir más allá es tarea para poetas, no para científicos y filósofos serios. Ya no se va en pos de lo absoluto sino de lo relativo (aquí está el germen de la teoría de la relatividad de Einstein). Un científico positivista no se preocupa en discernir qué es la electricidad: dirá simplemente que "electricidad" es el nombre que se da a algo que se supone está a la base de los fenómenos eléctricos, los cuales sí están bajo nuestra observación.
Ya no vale más la divisa aristotélica según la cual conocer algo es conocer su causa, esto es, aquello sobre lo que reposa el hecho, su fundamento. Y tampoco vale más la pregunta inaugural de Sócrates .qué es...? El científico sólo "pone nombres" y no le preocupan, como a Aristóteles, las definiciones, sino cómo funcionan los hechos.
Así las cosas, Comte y su generación sueñan con haber llegado a una etapa definitiva en el conocimiento. El programa positivista ha delimitado con celo el campo de la sana ciencia impidiendo todo tipo de indebidas derivaciones hacia estériles especulaciones filosófico-metafísicas. Y es desde el seno de la propia ciencia de dónde empiezan a surgir graves problemas, con lo cual pasamos al cuarto momento: el de la crisis de la ciencia positiva.

Hacia 1895, se descubren los rayos X y la estructura del átomo y con el correr de los años van "apareciendo" un enjambre de nuevas partículas subatómicas sin masa evidente. Ya no se sabe qué es la materia con certeza. Se van sucediendo diversos esquemas y teorías para intentar explicar lo que ocurre en los experimentos. La física ya no es ni clara ni objetiva y sólo aporta desazón a los espíritus partidarios de la luz y del buen sentido. Francis Bacon había acuñado el lema según el cual "conocer es poder": si se quiere dominar la naturaleza, es preciso antes conocerla. Esta relación parece hoy alterada e invertida puesto que podemos hacer cosas sin que sepamos a ciencia cierta cuál es el fundamento o principio del que se han derivado. Incluso aparecen teorías contradictorias que piden ser admitidas simultáneamente como científicas, aunque no podamos decidir cuál de ellas es verdadera, si ambas lo son o quién sabe qué cosa. Un ejemplo conocido: la dirección de la luz nos demuestra su naturaleza ondulatoria y esto es un hecho, como pretende la ciencia, esto es, procede de un experimento repetible y predictible. Pero el fenómeno fotoeléctrico, otro hecho, prueba su naturaleza corpuscular. Sólo nos queda imaginar que en algún momento futuro de la ciencia verá la luz- valga la ironía una teoria que englobe ambos hechos y haga desaparecer la contradicción. ¿Quién garantizará que tal estado de la ciencia sea posible, para comenzar, y asequible al hombre, para terminar? Nadie, claro. El lugar que Descartes asignaba a Dios ha quedado vacío desde que Nietzsche ha anunciado su muerte. Sólo queda un supuesto-un mero supuesto-inextirpable que todo científico se ve forzado a aceptar, a saber, el hecho (histórico) de que la ciencia occidental progresa hacia un hipotético estado final de conocimiento completo.

La naturaleza a la vez corpuscular y ondulatoria de fotones y electrones, la presencia simultánea de una partícula aquí y en otro sitio, las mutaciones quizá azarosas de los genes, etc., son hechos que producen en los científicos la impresión de que la misma lógica ha zozobrado, cosa que se corresponde con la aparición de lógicas polivalentes y geometrías no euclidianas que se sostienen sin contradicción. En suma, la razón misma parece haber enloquecido y avanzar a un ritmo frenético que hace que la mayoría de los hombres, aún los cultos, queden marginados de la ciencia como expectadores boquiabiertos de sus colosales adelantos. Esta locura de la razón científca, comparable en algún sentido a la locura de la razón metafísica de los siglos XVII y XVIII, tiene una consecuencia importante: el retorno a la filosofía. ¿Qué es del hombre en medio de tanta tecnología deshumanizada? ¿Cuál es la ética que debe regir a la ciencia? La ciencia ha ocupado toda la escena en nombre de la sana racionalidad pero no ha logrado responder todavía las preguntas fundamentales. Fue una ilusión más y hay que admitir que el progreso económico que la ciencia posibilitó trajo como consecuencia marginación, pobreza y explotación irrestricta de la naturaleza. Pululan las sectas espiritualistas que medran a la sombra de la angustia e incertidumbre que los hombres sienten frente a su condición y destino; el mundo de la ciencia es el mismo mundo en que prolifera la irracionalidad.
Crisis de principios (Grundiagenkrise) dirá Ortega y Gasset. Vuelven los filósofos y aparece la Epistemología: la ciencia necesita ser pensada de nuevo una vez más.

Resumen
La Epistemología nace en un momento especial de la historia de la ciencia occidental, a comienzos del siglo XX y como efecto de la crisis de la ciencia positiva.
La ciencia positiva es, a su turno, corolario de la revolución científica iniciada en los siglos XVI y XVII. El autor remarca cuatro momentos fundamentales. En el 1º (Descartes) la ciencia es fundamentada por la metafísica. En el 2º (Kant) ambas aparecen separadas e independientes. En el 3º (Comte) es entronizada la ciencia y se descarta la metafísica. Y en el 4º, se produce la crisis que lleva a la ciencia positiva a verse necesitada de revisión y replanteo de principios, dando nacimiento a la reflexión epistemológica.

Palabras clave: Epistemología.

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