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ALCMEON 9

Lección 15. Las ideas sobrevaloradas.

Carl Wernicke
(Traducción: H. Marietán - C. Piechocki) (1)


¡Señores!

Un panorama de los síntomas elementales correspondientes a las condiciones paranoicas nos permite hacer las siguientes diferenciaciones: Encontramos en primer lugar modificaciones del contenido de la conciencia, es decir, ideas delirantes y juicios delirantes en una actividad de la conciencia intacta, en la medida en que dicha actividad se manifiesta en una lógica que se mantiene formalmente, en una atención y una capacidad de obsenación que también se mantienen y finalmente en la capacidad de acomodación instantánea a una situación dada. Sin embargo, la posesión intacta de esas capacidades no impidió que el contenido de la conciencia, a decir verdad en reposo, pareciera en cierta medida desintegrarse en fragmentos, un hecho que interpretamos como sejunción -sejunction -(separación), es decir, desprendimiento de los distintos componentes. Al principio esos componentes eran formaciones firmemente ensambladas, es decir, experiencias completas, pero la separación (sejunción) se mostró en que los recuerdos más contradictorios podrán subsistir juntos. La hipótesis de la sejunción nos llevó luego a una comprensión más cabal de ciertos síntomas de estímulo y así a las manifestaciones de una actividad perturbada de la conciencia, primero a las manifestaciones de las ideas autóctonas y de las ideas forzadas (2), luego a las manifestaciones de las alucinaciones y del delirio de relación.
Las ideas delirantes de explicación, que ocuparon un espacio tan grande en nuestra lección, pudieron ser confrontadas como manifestaciones normales de la actividad de la conciencia con los síntomas directamente psicóticos nombrados antes.

Luego, como muy próxima al delirio de explicación, hemos conocido la corrección ulterior del contenido de la conciencia, la condición más esencial para la así llamada sistematización, y hemos encontrado allí también un proceso que debe agregarse a las exteriorizaciones reactivas de la actividad normal de la conciencia contra falsos intrusos, mientras que en los distintos tipos de falsificación del recuerdo debimos ver síntomas psicóticos que en sí son completamente patológicos, pero que parecerán mantener ciertas relaciones legítimas con las perturbaciones existentes del contenido de la conciencia, por lo general consistentes en que la extensión de su manifestación parecía depender de la extensión de la modificación del contenido. Dentro de la serie de estos síntomas psicóticos habría que distinguir por lo menos tres tipos diferentes de forma de surgimiento, ya que en parte aparecen como reacción de una actividad bien conservada de la conciencia frente a la modificación del contenido de la conciencia: el delirio de explicación y la corrección ulterior, en parte como consecuencia directa de la sejunción; el contenido contradictorio de la conciencia de muchos casos antiguos, la forma aditiva y sustractiva de la falsificación del recuerdo, por último como procesos de estímulo dependientes de los procesos de sejunción; las alucinaciones, el delirio de relación y el delirio de relación retrospectivo, por último las ideas autóctonas.

Ideas sobrevaloradas. Ideas autóctonas. Ideas forzadas.

Al grupo mencionado en último término se agregan naturalmente las ideas sobrevaloradas, mencionadas repetidamente ya; en apariencia tienen un parentesco muy próximo con las ideas forzadas y con los pensamientos autóctonos, y nos preguntamos cómo pueden diferenciarse de esos síntomas y si es posible una delimitación precisa. Las ideas sobrevaloradas se diferencian nítidamente de las ideas autóctonas porque no son consideradas por el enfermo como intrusos extraños en la conciencia: por el contrario, los enfermos ven en ellas la expresión de su ser más íntimo y al luchar por ellas emprenden en realidad una lucha por la propia personalidad. A pesar de eso, a menudo se las encuentra martirizantes, y los enfermos se quejan con frecuencia de que no pueden pensar en otra cosa. Sin embargo, están muy separadas de las ideas forzadas, porque se las considera normales y justificadas, completamente explicadas por su modo de surgimiento, mientras que las ideas forzadas se consideran injustificadas y a menudo directamente insensatas.

Definición

Si bien resulta fácil diferenciar clínicamente los síntomas de las ideas sobrevaloradas respecto de los otros dos síntomas emparentados, sin embargo, el mecanismo de su surgimiento sigue sin explicación. A este respecto hay que observar que en general podemos definir las ideas sobrevaloradas como recuerdos de alguna experiencia particularmente afectiva o también de toda una serie de experiencias relacionadas de ese tipo. Así, por ejemplo, los siguientes motivos condujeron al surgimiento de ideas sobrevaloradas: un hombre descubre, al recibir el pago de una herencia en la que participa como heredero, que ha sido perjudicado considerablemente en la distribución; la noticia del suicido de una persona amiga; la muerte del esposo; una señorita entrada en años advierte que un señor le prodiga atenciones; una esposa observa que su marido toma mucho rapé, a pesar de sus protestas; la obsenación de la limpieza de una persona llena de piojos; por último, uno de los casos más frecuentes, el juicio o sentencia judicial considerada injusta emanada de autoridades superiores. El afecto puede tener, según el caso, un carácter muy diferente y puede manifestarse a veces más como disgusto u ofensa, a veces más como tristeza o sentimiento de repugnancia o excitación sexual. Sea como fuere, ustedes podrán deducir de esa enumeración que casi cualquier acontecimiento puede conducir a la aparición de una idea sobrevalorada, que no importa el tipo de afecto, y que debe haber ideas sobrevaloradas que siguen totalmente la norma, pero a pesar de eso pueden determinar de tal manera la actuación del individuo, que ésta adquiere un carácter patológico. Quien se quita la vida después de haber perdido su fortuna, después de una sentencia que lo deshonra, después de la muerte de una persona amada, obra seguramente bajo la influencia de una idea sobrevalorada, y debemos señalar como anormal ese modo de actuación, a pesar de que no debe atribuirse a una enfermedad mental. Por lo tanto, habrá que determinar en cada caso si estamos ante una idea sobrevalorada patológica o ante una que todavía cae dentro de lo sano. La respuesta que ustedes se inclinarán a hacer dependerá de si el motivo del afecto dominante adherido al recuerdo de referencia es suficiente o no. Pero ese criterio nos deja completamente desamparados, como lo demuestra el ejemplo de los querellantes: una parte de esos enfermos ha sido juzgada injustamente y tenía toda la razón de indignarse por ello. Más seguro es el criterio de que en los casos de las ideas sobrevaloradas patológicas ese síntoma no se queda solo, sino que pronto aparece una serie de otros síntomas psicóticos. Por ejemplo el delirio de relación circunscripto, particularmente característico de esos casos de enfermedad.

Caso 1

Un ejemplo típico de idea sobrevalorada patológica es el siguiente: un rentista de 61 años, que les presenté hace poco, ofrece como causa de su internación las "molestias" a las que está expuesto fuera del establecimiento. En el establecimiento está completamente libre de esas molestias y se siente tan bien en él, que hace ya cuatro años que está aqui y piensa quedarse.
Algunos intentos de darlo de alta fracasaron, pues esas mismas molestias motivaron varias veces que interviniera la policía y que lo intemaran. Al principio se trataba de un cierto señor al que sólo conocía por el nombre, que vivía en su vecindad y que por esa razón encontraba con frecuencia en la calle. Le llamó la atención que ese señor lo esperara, aunque parecía que estaba contando las ventanas de un edificio. Por esa razón cruzó a la otra vereda, pero la próxima vez observó que ese mismo señor hablaba sobre él en el mismo lugar con un conocido, de eso estaba convencido, pero no podía oírlos. Por lo tanto pasó cerca de los dos señores y les dijo: "¿Desean algo de m?" Luego caminó hacia su casa y observó que los señores lo seguían y se quedaban parados frente a su domicilio. Al llegar a su casa se asomó por la ventana y los amenazó con su bastón, exclamando: "Vengan, sabrán lo que es bueno". Un encuentro parecido ocurrido en otra ocasión tuvo como consecuencia que los dos hombres lo siguieran realmente hasta su casa, donde averiguaron su nombre y lo denunciaron a la policía. Se fue el hecho que llevó a la primera internación del enfermo. Yo lo examiné poco tiempo después en la clínica, comprobé que su delirio de relación se dirigía exclusivamente contra la persona de un carpintero, y le pregunté entonces: «¿Cómo es que este señor lo molesta?" La respuesta fue muy característica. El enfermo sólo podía pensar lo siguiente: El señor del episodio de referencia era el hermano de otro señor al que conocía más de cerca, que seis años atrás había sido, igual que él, diente de cierto comerciante de vinos. El paciente se había interesado durante años en la hija de ese comerciante y también le había hecho una proposición, pero luego cortó la relación porque se enteró que el padre se encontraba en una mala situación económica. El carpintero habló con el otro señor sobre él, y probablemente dijo: "Allí va el sinvergüenza, que dejó soltera a la joven". Una revisión y observación minuciosa del enfermo no nos permitió descubrir en él ningún síntoma psicótico, salvo que insistía en que sus presuntas observaciones eran correctas. Por eso, pocas semanas después, siguiendo su deseo, fue dado de alta, pero fue recibido de nuevo poco tiempo después, y eso se repitió una vez más. Desde entonces no quiere hacer un nuevo intento. Las molestias a las que estuvo expuesto el enfermo en el exterior las dos últimas veces fueron mucho más numerosas que antes: participaron otras personas y también la policía, pero todo conducía siempre al mismo carpintero, que entretanto había relatado la vieja historia a otras personas y había hecho que la policía observara en él una enfermedad mental. En el establecimiento nunca se le encontró el menor indicio de un delirio de relación u otros signos de una enfermedad mental.

Autopsicosis circunscripta. Delirio de relación

Vemos en este típico caso de autopsicosis circunscripta la idea sobrevalorada ligada primero a un delirio de relación totalmente circunscripto, pero que luego se amplía, delirio que nunca se manifiesta en el establecimiento, donde el paciente sólo se encuentra con hombres desconocidos. El fundamento de la idea sobrevalorada es la contradicción que constituye el modo de actuación descripto, no del todo honesto, respecto del carácter, por lo común honesto, del enfermo. Es de suponer que en la época del primer encuentro descripto el enfermo estaba interiormente ocupado con su experiencia anterior y la sentía como una mancha. Una mirada que lo examinaba, la actitud de espera del hombre, que podía saber acerca de la relación, llevó luego a una asociación permanente con el contenido del pensamiento, falso no en cuanto al contenido, pero sí en cuanto a su valor, que dominaba en ese instante, un acto muy parecido de identificación secundaria falsificada, como el que constituía el fundamento de la idea delirante del joven terrorista mencionado más arriba. Como ustedes recordarán, ocurre exactamente lo mismo en el delirio de relación, tal como es descripto con tanto acierto en Raskolnikow. Pero no es ninguna casualidad el que el personaje de Dostoiewski haya sido descripto antes como un hombre de nerviosismo enfermizo y con el corazón más blando y compasivo: precisamente bajo esas condiciones el recuerdo del asesinato cometido debió constituirse en una por así decir novedad inasimilable en la conciencia, y es así como encontramos en todos los casos de delirio de relación autopsíquica la dificultad de la anexión al viejo contenido de la conciencia, en otras palabras, de la asociación, como fundamento de la idea sobrevalorada. Para concluir, después de las características del caso presente, podríamos afirmar que las experiencias que llevarán al surgimiento de una idea sobrevalorada son aquellas particularmente difíciles de asimilar según su contenido, es decir, las que son compatibles con el contenido ya existente. Puesto que tales experiencias les ocurren también a los espíritus más sanos, exigiremos todavía condiciones especiales para que la sobrevaloración adquiera un carácter patológico. Normalmente son las ideas contrarias las que conducen paulatinamente a la corrección de la sobrevaloración. Cuando la sobrevaloración es patológica, esas ideas contrarias resultan inaccesibles, y al mismo tiempo aparece el síntoma clínico del delirio de relación, en total correspondencia con la hipótesis del estímulo, ligada desde antes al proceso de sejunción.

Si queremos seguir más allá los síntomas clínicos, entonces resulta que la nocividad que condiciona el síntoma presente es conocida y debe ser buscada en el grado particularmente alto del afecto que acompañó a una determinada experiencia. Puesto que no se puede determinar semejante causa conocida para otros síntomas psicóticos, esto sirve también para caracterizar la idea sobrevalorada patológica.
Como en el caso descripto, también en una serie de casos parecidos se muestra un cuadro clínico estable, bastante constante, que en razón de su parcialidad merece el antiguo nombre de idea fija. Sin embargo, en la mayoría de los casos se agregan ideas delirantes de explicación que siempre pueden seguir creciendo en extensión. También se puede agregar la corrección ulterior del contenido de la conciencia y las diferentes formas de la falsificación del recuerdo, y así puede surgir una construcción delirante firme cuyo contenido complicado no se corresponde con la causa de su surgimiento, relativamente sencilla y con frecuencia muy pequeña y que está en condiciones de ocultarla y velarla. En los casos antiguos de ese tipo es fácil determinar esa construcción delirante, pero con frecuencia debemos limitarnos a suposiciones en cuanto a la verdadera idea sobrevalorada causante y a la experiencia a la que está ligada. En los casos de este tipo se sobreentiende que ya no son accesibles a una curación, así como todos los demás casos con una sistematización muy extendida. En cambio, allí donde la extensión de la enfermedad se limita sólo a los primeros elementos psicóticos, es posible una curación por medio de la aparición paulatina de fuertes ideas contrarias. Dos casos de este tipo, en los que se ha producido la curación, correspondieron al cuadro típico del así llamado delirio querulante (3).

La observación clínica de tales enfermos me ha resultado útil varias veces, pero también la internación en sí: la conciencia de ser enfermo mental y de tener que someterse durante largo tiempo a una tutela son poderosas y curativas ideas contrarias. La curación ocurre siempre de manera progresiva porque al evitar las ocasiones para que se renueve el afecto, éste desaparece también progresivamente.
Nos llevaría demasiado lejos si quisiera presentar aquí todos los casos individuales de ideas sobrevaloradas; además no podría agotar el tema, pues según el contenido debe haber naturalmente un número casi infinito de variantes de esta forma por lo demás bien caracterizada de autopsicosis crónica. Por razones prácticas me permito sólo señalar que la posibilidad de obtener una renta a causa de un accidente se puede convertir fácilmente en una idea sobrevalorada. Por último no quiero dejar de mencionar que como casi todo otro síntoma psíquico, también la idea sobrevalorada puede constituir la etapa del comienzo de una psicosis progresiva aguda o subaguda con inclusión de la parálisis progresiva, y que es una manifestación parcial raramente faltante de la melancolía.

Caso 2

Para terminar esta exposición, informaré todavía sobre un caso que progresó hasta la sistematización. Una señorita de unos 40 años, profesora de ciencias en un liceo de señoritas de nivel, muy eficiente, activa y tal vez demasiado esforzada en su profesión, creyó observar que uno de sus colegas solteros, al que había tratado durante años amistosamente, tenía intenciones más serias respecto de ella. Observó que el profesor, cuando impartía su clase, se ubicaba con frecuencia frente a la ventana, desde la que se podía ver la clase de ella; que en las horas libres él se ubicaba frecuentemente en un descanso de la escalera por donde ella debía pasar con sus alumnas en dirección al aula, y que la saludaba con especial atención. Esa observación, que pronto encontró confirmada por numerosos encuentros casuales, la afectó enormemente, pasó horas y noches enteras luchando interiormente para decidir cómo debía comportarse, y en particular para decidir cómo debía actuar para pasar desapercibida, para que las alumnas y los colegas no lo notaran. Cuando creyó que no podía dominar su afecto, buscó evitar esos encuentros e incluso llegó al punto de no responder intencionalmente al saludo de él. En esa época observó también que sus alumnas parecían conocer el asunto, se hacían observaciones que tenían relación con el tema, tal vez se producían también fonemas aislados, pues ella oía: "¡Qué preocupado que parece él!" Las colegas que antes se habían mantenido lejos la visitaban ahora con más frecuencia y también hablaban con notable frecuencia del joven, mientras que las buenas amigas se alejaban y parecían despreciar el "trato" con ella. Incluso intervino el director, pues en los recreos hablaba con el profesor y lo retenía en un lugar distinto de aquel en que solía ubicarse, lejos de ella. Después de algún tiempo el profesor de referencia dejó la escuela para continuar su formación en el extranjero. En su visita de despedida se mostró extremadamente confundido, cambió de color, e incluso una larga mirada le reveló a ella que sabia lo que le ocurría y que respondía a su inclinación. Una vez que el profesor hubo partido, ella observó que sus colegas la trataban en parte burlándose y sarcásticamente, en parte solidarizándose y compadeciéndose; sea como fuere, sus relaciones eran conocidas por todos y cada vez que se mencionaba al profesor de referencia había una alusión a esa relación. El director convirtió el asunto en el tema de una reunión en la sala de profesores; eso lo pudo advertir ella por las expresiones consternadas de todos los presentes en una ocasión en que entró en la sala. Dos años transcurrieron sobre todos estos hechos. No le llegaron noticias directas del profesor, y ella comenzó a dudar de que fuera un hombre de honor. A decir verdad reconocía que su comportamiento debía producirle rechazo a él, pero creía que como hombre de bien debía comprenderla. Con plena conciencia del sacrificio que había hecho con su actitud en aras de la disciplina del colegio, le hizo una vez al director, cuya intervención poco delicada no había olvidado, una escena violenta y fue licenciada por medio año, con el consejo de recurrir a una institución terapéutica. El director de la institución psiquiátrica que visitó constató delirio de grandeza y delirio de persecución y la declaró loca sin remedio. Cuando vi por primera vez a la paciente unos tres años después del comienzo de su enfermedad, era huésped de una familia amiga y se había hecho útil enseñándole a los niños. Puesto que no había nada llamativo ni en su conducta ni en sus expresiones, el que fuera declarada loca sin remedio por parte del director de una clínica psiquiátrica debió causar extrañeza, por eso la paciente fue motivada a buscar mi consejo. Encontré en ella a una dama culta, fina, que sabía que tenía el derecho de poner orden en sus relaciones con aquel joven de acuerdo con sus propias reglas, pero sus obligaciones frente a la escuela no le habían dejado ninguna elección, "había sacrificado su derecho en aras de su deber". Además no tenía dudas de que el joven había tenido la intención de hacerle una propuesta. Pero debió reconocer que nunca había salido de él una sola palabra que no hubiera podido ser interpretada en un sentido ambiguo. Si él no se había declarado, lo que a ella no le parecía muy correcto, se debía principalmente a las intrigas y a la poco delicada intromisión del director y del cuerpo de profesores. No prestó ninguna fe a mi aseveración de que todas sus supuestas percepciones se explicaban por una opinión enfermiza y prejuiciada y se basaban en un engaño, pero se dejó convencer para ingresar por su propia voluntad en una clínica, en la que permaneció sólo unas pocas semanas. Ahora, dos años después, tengo la noticia de que la paciente ha retomado su profesión en una escuela privada y se muestra allí plenamente eficiente, pero ha roto por completo las relaciones con sus parientes y los culpa en parte de haber sido engañada en cuanto a su felicidad. Las ideas delirantes de explicación y las falsificaciones del recuerdo serán los ladrillos de su sistema ahora concluido.

¡Señores! No puedo evitar agregar aquí una breve observación. Si en vez de una dama culta y fina se hubiera tratado de una personalidad algo más desconsiderada, es seguro que hubiera hecho valer enérgicamente sus pretensiones ante el profesor y hubiera sido un ejemplo típico de perseguidor perseguido (4), tan mentado en estos tiempos. Estoy convencido de que la mayoría de estos casos pueden atribuirse a alguna idea sobrevalorada patológica, sólo que ese verdadero fundamento del sistema con frecuencia queda oculto a los observadores atrapados por los prejuicios (5). También el director de la institución psiquiátrica, cuyo diagnóstico citado más arriba provocó la indignación nada injusta de la dama, se quedó en la superficie de las cosas y es evidente que no tuvo la menor idea de la verdadera esencia de la enfermedad.
No había en la dama un fundamento psicopatológico del cual hubiera surgido la idea sobrevalorada. Pero no nos equivocaremos si consideramos como fundamento suficiente para la aparición de una idea sobrevalorada con matiz sexual la edad "critica" en la que se encontraba, unida a un exceso de esfuerzo mental y al consiguiente modo de vida inadecuado.

Homo viator
Por María Rosa Maldonado

I
Ya fragancias
carpos y metacarpos disueltos
en la la arena.

Flores expuestas
asi tan entregadas
al indolente oleaje de los
siglos.

No.
Ahora el fuego detenido de tu mano
muy cerca de la mia.

II
En el fulgor amniótico del aire
me lavas,
me peinas,
me perfumas

Por encima
altas y serias nubes
blancas como tu pecho

Y el sonido del agua
en la redonda desnudez del día.

III
De lo negro nacidas,
floraciones,
esqueletos de pura maravilla.

Fosforescencias atadas a los
cuerpos.

A mi cabeza
que gira en el espacio
sola,
en circular equidistancias de vacio.

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