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ALCMEON 31

Psicopatología de la catatonía1
Juan Carlos Goldar2

La fenomenología del ataque catatónico sigue siendo, en gran medida, enigmática. Los investigadores, sin embargo, coinciden en un punto: las vivencias catatónicas tienen una configuración pobre, caótica, y resulta razonable suponer que durante los ataques graves, con espasmos intensos e iteraciones persistentes, el vivenciar se va apagando hasta la extinción. Cuando se produce la recuperación, los pacientes recuerdan imprecisos fragmentos y, en algunos casos, nada pueden decir acerca de lo experienciado durante el ataque. Muy probablemente no se trata de una amnesia sino, como quedó dicho, de una real ausencia de vivencias; es decir, nada se recuerda porque nada ha sido vivenciado.

Esta situación mórbida se ha interpretado como resultado de una pobreza perceptiva, o sea un "embotamiento" del sensorio. Si bien esto es cierto, su origen no es propiamente un trastorno en la parte final de la corriente aferente o "vía sensorial". En nuestra opinión, es en la alteración de la motilidad donde debe buscarse la base de las fallas perceptivas que condicionan la carencia vivencial. A primera vista, esta opinión puede resultar contraintuitiva, es decir opuesta al sentido común. Pero esto mismo nos indica que, muy probablemente, estamos sobre el camino correcto, pues siempre hay antagonismo entre explicación científica y sentido común. Para desarrollar nuestro punto de vista, debemos comenzar por la psicología de la percepción y, en especial, por la cuestión de la localización objetivante.

Cuando se estimula un receptor sensorial, se genera una corriente aferente que termina en la corteza cerebral. Llegar al cortex, más precisamente a un área sensorial, parece ser el fundamento de la experiencia o vivencia. Por ejemplo, sentimos (experienciamos, vivenciamos, percibimos) un estímulo en la mano derecha sólo cuando de ese estímulo surge una corriente que llega al área táctil del hemisferio cerebral izquierdo. Lo notable consiste en que somos conscientes en la mano pero no en el cerebro. Sin actividad cortical no hay vivencia, pero la vivencia no se localiza en la corteza sino en la periferia. Es decir, la vivencia se genera en el centro, pero se realiza en una posición excéntrica. Esta dualidad constituye, fácil es advertirlo, un difícil problema que suele ser evitado.

¿De qué modo un proceso central se proyecta fuera del ámbito central? Esta pregunta tiene valor porque no conocemos "canales" que se extiendan directa y rápidamente desde la corteza táctil hasta los receptores de la piel, ni conocemos "vías" extendidas desde la corteza visual hasta los objetos visuales (que vivenciamos en lo lejano). De esta manera, el carácter excéntrico de lo percibido, o sea el modo distante del objeto, parece depender de algo que se resiste a ser aprehendido. Debemos tener en cuenta, además, una probable mezcla de los niveles semánticos, la cual resulta casi ineludible. Pero el problema se presenta claramente.

La proyección desde la posición central (génesis del fenómeno) hasta la posición excéntrica (realidad del fenómeno) implica, de manera esencial, una dirección. ¿Qué entidad psicológica tiene esta dirección centrífuga? La respuesta es sencilla: la motilidad. En efecto, sólo los movimientos poseen tal dirección, pues son proyectados hacia una meta excéntrica. Pero aquí no nos interesa el acto motor o movimiento efectivo sino el programa motor o movimiento a priori. Todo programa de la motilidad incluye un fin, un blanco, una meta, una posición excéntrica que se debe alcanzar o, al menos, indicar, y esto vale tanto si se emite o no se emite el acto preformado en el programa.

Una corriente aferente, nacida en un estímulo, adquiere su carácter vivencial, real, excéntrico y objetivo cuando es capaz de activar un programa motor. De este modo, la localización exterior o excéntrica de lo vivenciado "sensorialmente" no deriva sólo de un canal de entrada sino, sobre todo, del origen de un canal de salida. Por ejemplo, percibir un roce en la mano izquierda deriva de activar un programa motor que "apunta" a la mano izquierda, y el programa activado puede corresponder al mirar (acto oculomotor), al tocar (acto manual) o a cualquier otra especie de la motilidad. La motilidad, entonces, otorga significado a la aferencia.

Figura 1

La localización excéntrica puede depender de un programa motor inadecuado. Por ejemplo, el extremo colector de una cuchara puede ser vivenciado por medio del programa que corresponde al mango de esa misma cuchara. De este modo, el colector se utilizará como si fuera el mango. Tal es lo que sucede en la apraxia ideatoria. En otro ejemplo, Juan puede ser vivenciado con el programa que corresponde a Pedro, y además utilizado como Pedro, tal como ocurre en el falso reconocimiento. Asímismo la propia casa se puede localizar (objetivar, vivenciar) con el programa de la motilidad que corresponde a la casa del vecino, y de este modo es utilizada como la casa ajena, tal como se ve en la clásica desorientación espacial. Resulta, de todo esto, que la confusión mental o, más precisamente, el síndrome amencial -cuyos síntomas más destacados son fallas en la praxis, en el reconocimiento y en la orientación- puede surgir cuando la localización se realiza por medio de la dirección centrífuga que ofrece el programa motor de otro objeto. Este estado anormal puede denominarse indiferenciación motora y puede definirse como la activación inadecuada de los movimientos a priori por parte de la corriente aferente.

El paso desde la amencia hasta la catatonía, es el paso desde la indiferenciación motora hasta la supresión motora. En la catatonía, los espasmos derivan de programas motores primitivos que no poseen dirección externa. La catatonía, entonces, gira los vectores motores objetivantes, dejando un vacío en el que se extinguen las posiciones excéntricas. Este es, en nuestra opinión, el fundamento psicopatológico de la ausencia vivencial que acaece en las formas intensas de la catatonía.

Nota al pie: 1 Conferencia inaugural del Simposio Regional de la WPA. Buenos Aires, 20 de octubre de 1999.

2 Médico Psiquiatra. Suipacha 771. Buenos Aires

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